Capítulo 1


Alrededor de las dos de la madrugada, en lo crudo del invierno, nació el bebé. Doña Josefina había ya asistido a cientos de partos, pero cuando le preguntaron si era la niña esperada, no supo de pronto qué contestar. Qué silencio... Cuántas decisiones comprimidas en un solo instante.
 El niño, o niña, no estaba bien formado; la matrona debió de pensar que lo mejor era no dar la noticia tan rápido a la parturienta. Posó el bebé, que ya resollaba, en manos de su abuela María y, con un chist sordo en los labios, la hizo responsable de lavarlo bien con el agua previamente hervida —ya tibia en el aguamanil de la esquina—. Con señas le indicó que luego se lo llevara de la habitación.
 Acto seguido, se afanó en ayudar a Carmen a recuperarse del exhausto estado en que se hallaba, procurando tapar de su vista la escena del rincón. Imaginar qué decirle, qué excusa poner para justificar no haberle puesto el recién nacido en el regazo, como había hecho con sus dos anteriores hijos, debió ser la prioridad de la matrona. Ya era tarde, Carmen se había percatado de que algo no iba bien, decidió callar, sollozar y entregarse a los cuidados de la matrona y de su experta madre.
 María Luisa había parido dieciséis veces. La hija anterior a Carmen también fue nombrada Carmen antes de fallecer sin bautizar, poco tiempo después de nacer. Cuando Antonio José fue a inscribirla en el registro civil, dio por sentado que el nombre sería el mismo que tenían pensado para la niña que no pudo ser y Carmen la registraron. Pero el apelativo que la madre ya le tenía puesto era Dolores, y Dolores, Dolorcitas, siempre se la nombró.
 Bastante antes de venir el día, todos debatían en la planta baja mientras el bebé dormitaba arriba, en la habitación contigua a Dolores. Se puso ella de pie y, movida por la necesidad de ver a la criatura de sus entrañas, cruzó la antesala aún dolorida, penetró en la habitación de los cuñados y por fin pudo ver a Cayetano arropado en su cuna. No era en absoluto feo o deforme. Dormía tranquilo entre mantas, envuelto en su toquilla.
 Le destapó y no le faltaba una mano, un brazo o un pie; no había nada malo a la vista. Le quitó las gasas de la entrepierna y vio la potra, el bajo vientre del niño no estaba liso. Una hernia brillante, como un clavel reventón, apretado, húmedo y de color rojo sangre sobresalía por encima de unos genitales inacabados, abiertos, pero a todas luces masculinos, pues la piel arrugada de las alforjas no dejaba lugar a dudas para ella: era un niño; con falta, pero varón.
 Sus peticiones a Nuestro Padre Jesús Nazareno, a María Santísima de los Dolores y a Santa Gema no habían servido esta vez de nada. En abierto llanto amargo de madre angustiada ante la visión, volvió tambaleante a la cama, con sentidas y renovadas promesas al Señor y la Virgen para que aquello tuviera cura. Agotada, se dejó llevar por un sueño inquieto, doloroso y finalmente inevitable tras las horas de parto.

 Mientras tanto, la matrona ya había informado de un médico en Granada que podía reconocer el caso y dar idea del proceder. El padre —también llamado Cayetano—, la tía Carmen y el tío Manuel estaban dispuestos al amanecer. Mamá-Carmen había hablado con un vecino taxista que de inmediato se mostró dispuesto a viajar a Granada. Aquel primer viaje fue preludio del tono infructuoso y frustrante que todo acontecimiento relacionado con la malformación iba a tener en los primeros años de vida del muchacho. El taxista se extravió camino de Granada, no se sabe bien en qué bifurcación, pero tardó más de seis horas en un trayecto que no debía haber pasado mucho de las tres. Transitaban de pueblo en pueblo por carreteras secundarias, preguntando cada poco trecho en cada bar de cruce inesperado, parecían camino de otro mundo. ¿Nada iba a ser fácil en ese nacimiento? ¿Podía complicarse más el día?

 El doctor granadino era una eminencia en urología. En su consulta privada, al conocer el caso, se recibió sin ninguna demora a la familia Muñoz; conscientes serían del estado de inquietud en que debían estar sumidos todos sus miembros. Puso nombre al síndrome que el niño padecía al primer vistazo: extrofia vesical. No era del máximo grado en que aquella malformación podría haberse presentado —de modo que invadiera profundamente la zona cloacal o llegase a ser incompatible con la vida a corto plazo—. Pero sí lo bastante grave para afectar a las funciones urinaria —desde este momento— y de la sexualidad en la edad adulta. Esto último en el caso de que superase las complicaciones que probablemente aparecerían en su desarrollo. Paciencia, recetó desde un primer momento.
 Se miraban Manuel, Cayetano y Carmen como quien anhela una fuente de comprensión, esperando alguna reacción en el rostro de sus parientes que les aliviara.
—El clavel rojo es la parte posterior de la vejiga urinaria —fue aclarando el médico—, cuya pared anterior, las membranas, los músculos y la piel, sencillamente no existen; no se han terminado de formar ni de cerrar correctamente por un fallo espontáneo en la gestación temprana. Se da un caso de entre cuarenta mil nacimientos, más frecuente en los niños.
»Así es que, fíjense, que a ambos lados están estos dos agujeritos —señalando con la punta afilada de un lápiz sin llegar a tocarlos—, los verán abrirse y cerrarse a intervalos irregulares de tiempo, por aquí emanan periódicamente dos chorritos de orina que baja directamente desde los riñones; son el desagüe de sus conductos, los uréteres. El niño es incontinente urinario.
 No pudo aquí la Tita Carmen sofocar su llanto y, mientras se sonaba, se retiró compungida a segunda fila, dejando a los hermanos atentos a las explicaciones del urólogo.
 Seguro de sí mismo, añadió que no existía tratamiento quirúrgico reparador que pudiera aplicarse a un bebé recién nacido. En tono serio, pronosticó entre cinco y siete años de espera y maduración de sus órganos para poder anestesiarle el tiempo suficiente, muchas horas, y poder practicar entonces un primer intento de cierre abdominal, así como reconstruir el pene, hoy bipartito por su cara ventral casi hasta el glande.
 Los hermanos, que en un primer momento no habían observado ni comprendido la severa anomalía que el niño presentaba, empezaron a percatarse claramente de cada detalle. Con sus entrecruzados gestos, esquivos y circunstanciales, se lo estaban diciendo todo.
—Los testículos bajarán a su bolsa, que se llama escroto, y está por suerte íntegro. La vida del niño no está de momento comprometida.
»No obstante, hay que observar que no padezca infecciones por el uso de los pañales de gasa de algodón que va a tener que llevar como mínimo hasta la cirugía.
 Insistió en una higiene meticulosa, extrema, de las manos, las gasas y todo aquello que se acercara lo más mínimo a la zona expuesta.
—La mucosa que vemos es de fácil sangrado, por lo que han de tener mucho cuidado también con rozaduras, incisiones o golpes accidentales.
 Mientras hablaba lentamente, le daba vueltas al neonato, le abría y cerraba las piernas, se las doblaba, se las estiraba… Estaba comparando los pliegues de la piel. Le exploraba el ano, le pellizcaba suavemente las ingles, le palpaba el área púbica.
 Ni él ni su enfermera —ni la secretaria, que se había sumado discretamente al examen— dejaban de observar cada detalle con vivo interés, abriéndose mutuamente ángulos cercanos de visión escénica.
—Ah, por último, observen que también el esqueleto pélvico está abierto por el pubis y las caderas ligeramente separadas. Esto no compromete el andar, pero estéticamente también le condicionará de por vida al angelito.
»Vayan ustedes con Dios…, no, la consulta es gratis, no faltaba más; tengan cuidado de no perderse a la vuelta… «Que ya tienen ustedes bastante» —pudieron pensar.
 Con estas cosas en la cabeza, difíciles lecciones de anatomía para gente de cultura artesanal y del hogar, viajaban de regreso a la calle Fuensanta, acordando el modo de serenar a Dolores y de poner a la criatura a amamantarse con urgencia. Por otra parte, tenían el convencimiento pleno de que el tiempo se ralentizaba, casi se detenía. Esperar iba a ser obligado. Paciencia, paciencia, se repetían.

 Encontraron a todos muy consternados y arropando a Dolores, a María y a Antonio, y a Manolo el Machote, que se había roto la camisa a tirones entre lastimoso llanto y ataques de rabia por tanta desgracia, pero especialmente por el fruto dañado de su única hermana. Papá-Fernando ya no estaba bien hacía tiempo: había sufrido ataques de alta tensión sanguínea y había perdido facultades motrices a causa de un accidente vascular; conservaba, eso sí, sus dotes intelectuales y de temperamento afable y cariñoso. Eran impresionantes y conmovedoras sus lágrimas al recibir de vuelta a sus hijos y al nieto viajero recién nacido. Mamá-Carmen era de una madera distinta, no insensible, desde luego, pero más pragmática y apegada a lo útil, más difícil de impresionar.
 Carmen Quejo Godínez mandaba en la casa —en esto, ella no dejaba nunca dudas—, y esa posición le impedía tal vez mostrarse vulnerable, pero desde aquellos días no pudo evitar sentir cierta admiración por la entereza y el coraje de su nuera Dolorcitas.


***


Durante media vida en esa casa, Fernando Muñoz Ruiz había transmitido sus conocimientos en materia de ebanistería a sus hijos varones (Manuel, Fernando y Cayetano) en el taller de carpintero que poseía, situado en una de las dos amplias habitaciones de la fachada.
 Solamente Manuel hacía uso continuo del taller en estos tiempos, pues Cayetano había aprendido fuera otro oficio más sugestivo de independencia económica: la chacinería, que de momento ya practicaba con la ayuda de Dolores y el Machote en el lavadero y el corral.
 Fernando, casado con Natividad Capilla (hija de un trasladado ferroviario) había emigrado hacía poco con su familia siguiendo la estela a Cataluña de los suegros; no sin sus tiras y aflojas por la conveniencia o no del desplazamiento, pues la pequeña de sus tres hijos acababa de dejar el gateo. Desempeñó muchos años su oficio en Mataró (Barcelona). Les volveremos a ver por aquí.
 Tenían dos hermanas. Matilde, la mayor de todos, se casó muy joven con un primo hermano. En la época, la unión entre primos no estaba bien vista ni por motivos religiosos ni por la posibilidad más frecuente de transmisión de enfermedades congénitas. Eso no fue óbice y hacía mucho tiempo que había emigrado con él para no volver casi nunca. En un primer momento, se asentaron en la ciudad de Tánger, ocupada por Franco entre 1940 y 1945. Después, definitivamente en Palma de Mallorca.
La más pequeña de los cinco, Loli, se casó y emigró también. Había sido, en cierto modo, cómplice del hermano Cayetano en su acercamiento de juventud a Dolores.

 Los dos siguientes meses transcurrieron inmersos en la vorágine de la casa y decidir acciones frente a las consecuencias de la riada para quienes todo lo habían perdido. Repasaban y comentaban los acontecimientos en el vecindario. Se preguntaban que cómo había podido ocurrir aquello.
 Ese invierno, las precipitaciones de nieve habían sido especialmente abundantes en las cumbres de Sierra Nevada, acumulándose en las cabeceras de los valles una ingente cantidad de agua sólida en forma de hielo y nieve. El ascenso brusco de las temperaturas esos días, la continuidad de las precipitaciones en forma de agua —que produjeron una vertiginosa velocidad del deshielo— y la escasez río arriba de infraestructuras de defensa frente a las crecidas favorecieron el desastre. No era la primera riada conocida en el valle del río Genil, pero sí una de las más destructivas, con cotas de inundación no registradas en los anales.
 Las aguas empezaron a descender lentamente pasados más de tres días de haber superado su máximo, los barrios bajos quedaron enteros sin electricidad ni agua limpia en las casas o en las fuentes. A la vista en las riberas y en las decenas de calles inundadas, aparecía un panorama equiparable y tan desalentador como el de un terremoto, un pavoroso incendio o una transformación ciclónica. La hecatombe en establos, la inundación de huertas y caminos rurales, la desarticulación de infraestructuras de diversa índole sitas a las orillas del río y en las desembocaduras de los afluentes (como las graveras, los molinos, las norias de riego o los bañaderos) se iban sucediendo al progresivo compás de la inexorable crecida. La calamidad, la desgracia, el desastre, la tragedia y el duelo cobraron presencia en los hogares de cientos y cientos de personas.
 Por fortuna, los abuelos María y Antonio encontraron pronto acomodo en una habitación que les alquiló una vecina en la misma calle, por lo que todos estaban cerca entre sí y relativamente fuera de la cruda catástrofe.

 El niño Cayetano, ajeno, mamaba con ganas. La piel se le tersó y los muslos, las manos y el cuello se le fueron rellenando. Mostraba en sus movimientos, gesticulaciones y mirada una energía vital que, transmitida a Cayetano padre y a Dolores, arrasaba con todo mal presagio y los impulsaba a trabajar con tesón en aras de superar aquella situación que, a medida que pasaban las semanas y los meses, ya no parecía tan dramática.
 Acudieron a unos primos que vivían cerca, sobrinos de Papá-Fernando; uno de ellos, Ángel, se había asentado en Madrid y progresado durante su juventud. Pasados los años, había alcanzado una clase media bien acomodada para su esposa, Reme, y sus tres hijas. Se movieron los hilos y Ángel contactó con alguien que pudo concertar una cita en el Hospital Clínico de San Carlos, ubicado en el edificio Sabatini. Este era parte del antiguo Hospital Provincial de Madrid, un conjunto de instalaciones en pabellones sanitarios de diversa índole situado por aquel entonces en las proximidades del final de la calle Atocha.
 La intención de este viaje era obtener otra opinión médica adicional a la del doctor granadino. Al parecer, el equipo universitario de urólogos de la universidad Complutense ya había practicado en esas instalaciones algunas cirugías experimentales de cierre vesical y abdominal de casos similares con diversos resultados. Parte de estas intervenciones prolongaron la supervivencia a medio y largo plazo de algunos de los niños operados.
 A los dos meses de vida, allí viajó en tren Cayetano con sus padres. El dictamen médico fue exactamente el mismo que los recabados con anterioridad, tanto en Granada como entre los facultativos locales: hay que esperar. Paciencia. No obstante, un rayo de esperanza aquí brilló, pues establecieron un plazo de revisión de dos años en vez de cinco. Durante este periodo de su vida, creció adecuadamente en contra de lo que todos pronosticaban al principio en sus agoreras conjeturas. El héroe infantil se puso de pie a los once meses y deambuló con feliz soltura antes de lo previsto. Todo lo comprendía y, por su pronta articulación del lenguaje, quedó meridianamente claro que su discapacidad se quedaba bajo las gasas de la entrepierna.


***


Pero en la calle Fuensanta lo que fue dejó de ser. El abuelo Fernando falleció a causa probablemente de otro accidente vascular, una recidiva mortal que en especial las tres nueras lamentaron. Carmen, Natividad y Dolores habían vivido sus primeros tiempos de casadas ahí, bajo el dominio algo impertinente de Mamá-Carmen, que casi a diario les recordaba que no estaban en su casa entre efluvios de anís destilado —por el dolor de muelas, decía—. En contraposición, el carácter conciliador de Papá-Fernando siempre fue realzado por ellas en cuanta ocasión se les presentó. Un alivio —ahora desaparecido— que compensaba la presión vigilante, quisquillosa y permanente de la suegra en todos los asuntos domésticos.

 Tras el óbito, Manuel y Carmen decidieron probar suerte y emigraron a Irún con su hijo Manolín, donde Loli y su marido Enrique se habían establecido siguiendo las trazas de algunos familiares de este, y contaban que no les iba mal en la ubicación fronteriza. Tanto en la España como en la Francia vascas había trabajo para mano de obra joven y dispuesta. Sin embargo, a Carmen le sentaba fatal para su reuma la humedad del clima atlántico y la penumbra de gran parte de los días en las inmediaciones del Bidasoa. Volvieron pronto a Puente Genil, tal vez animados por la expectativa de que Loli quería llevarse a su madre a vivir con ellos y la casa quedaba bastante despejada. La hija se haría cargo de ella, ofreciéndole para siempre una vida estable y perfectamente atendida en su hogar de Irún. Cuatro nietos vería Mamá-Carmen nacer y crecer en la ciudad guipuzcoana, tres niños y una niña. Era, en fin, la tónica del éxodo hacia las grandes ciudades que el franquismo medio y tardío propició con sucesivos planes de desarrollo en diversas ciudades y regiones, por los cuatro puntos cardinales de España.

 Hacía tiempo que Manolo el Machote había visto partir también a la mujer que pretendía, María Moreno, la de Isidoro y Soledad.
 Rondando los dieciocho años, ella y su hermana Carmeli se dejaron seducir por la llamada de una vecina establecida ya en Madrid, Elisa; seguramente también impelidas por la fuerza del sueño de una vida mejor para sí mismas y su familia. Corría el mes de diciembre de 1960. Su destino: trabajos previamente concertados de asistentas internas en casas de punta a punta distantes de la ciudad. Apenas pudieron verse ellas durante los primeros meses, aunque Carmeli siempre se las apañaba para visitar a su hermana desoyendo a la patrona:
—Pues hija, yo tengo una hermana en Canillejas y la veo de Pascuas a Ramos, ¡qué querencia se tienen ustedes, hay que ver…!
 La señora que le tocó a María, en el distrito de Moncloa, resultaba ser una mujer con muchos más dobleces incluso. Le hacía perrerías como ponerle trampas con el despertador a las seis y media de la mañana, «Huy, querida..., me he confundido...», o bien le exigía una servidumbre exagerada e inadmisible para la joven talentosa que ella era; pues, además de todo lo básico de una casa que su madre le había enseñado a hacer, sabía leer y escribir, ¡y bordar! Trabajos delicados en sábanas y manteles realizaba por pasar el tiempo en sus ratos libres para la susodicha. Pérfida hija de un gerifalte de laboratorio farmacéutico, gente de categoría que veraneaba en Torrelodones, pero en una casa bien destartalada, viejuna, las puertas no cerraban bien, los cajones se atascaban antes de llegar al fondo; allí ya no brillaba tanto el rango como en Madrid, pues el salario que debía tener el marido no podría estirarse más.
 Llevaba siete u ocho meses de servicio a las órdenes de la “capitana” cuando esta le dio unos días de permiso al regreso de sus vacaciones serranas que María aprovechó para irse a Puente Genil. Y allí lo pensó: «Cuando llegue, me voy. No aguanto más a esta mujer».
 Un día que la señora estaba de buenas...
—María, mire, venga. Tengo aquí este gran baúl que ya no uso de cuando tanto viajábamos por el mundo, a lo mejor le viene bien, ¿lo quiere usted? ¿Tiene cómo llevárselo?
—Sí, señora, un vecino mío tiene un moto-carro y vendrá por él, muchísimas gracias, señora, ¡qué bien nos va a venir! «...pues aquí puede guardar mi madre las sábanas y todo eso...» —barruntó.
 Y ahí, sin pensarlo dos veces, soltó:
—Perdone, señora, le voy a decir una cosa: es que me ha salido un sitio donde bordar muy bien pagado, y, lo siento muchísimo, de verdad que lo siento, pero me tengo que ir, que eso yo no lo puedo dejar pasar. Compréndalo.
—Uy, uy, uy..., uh, ¡que no, que no, que no...!
—Sí, sí, sí... Porque si pierdo eso... Es tan buen empleo para mí...
 Y se fue. La excusa no era cierta, pero ya no la soportaba más después de aquellos trimestres. A Elisa, que la había recomendado, llegaron las quejas de esa malintencionada mujer. A través de otra emigrada del pueblo con la que casualmente se encontró en su barrio, acusó a María de haberse llevado unas toallas de excelente calidad que ella poseía. La realidad era que las toallas que María ni mucho menos se llevó estaban estampadas con rótulos del ejército del aire, en cuyo seno el amable marido prestaba servicio como capitán de verdad. Este hombre, más bueno que ella como siete veces, al contrario que su fiera esposa, siempre se mostraba comprensivo con la situación de María, e incluso cuando compraron el televisor y ponían alguna película, iba a la cocina y le decía:
—Mari, si quiere usted ver una película, se viene al salón, sin reparo.
—No, no... Descuide usted, señor —tímida y en voz baja.
—Sí, sí...
 Ante la insistencia, ella se sentaba allí en realidad a sollozar, y a llorar abiertamente a veces, añorando seguramente su pueblo, su familia; captando la realidad de su emigrante destino.
—¡Si le digo que se venga es para que esté alegre o se distraiga, pero no para que esté llorando, hija mía!

 En mayo del año siguiente, Isidoro Moreno y Soledad Almeda también tomaron el camino a Madrid. En el hueco de una churrería de algún paisano hallaron cama los dos. Cuando Carmeli y María dejaron sus ocupaciones como internas, en camas-mueble dormían al bies con los benjamines Charo e Isidori. A Solita se la llevó su tío Antonio, un hermano de Soledad, a Villanueva de la Serena; que vivían como señores, y ella, que no necesitaba nada para eso, como una reina estaba. Únicamente la hija mayor, Concha, se quedó en el pueblo; casada con Juan, apodado Parrita, y madre ya de cinco o seis hijas. El apodo debía de venirle al marido por su afición al mosto fermentado del fruto de la parra, se entiende.
 No tardó mucho María en tener otras ofertas de trabajo.
 La primera oportunidad surgió en el hogar de una familia que poseía un comercio en el Paseo de Extremadura, droguería Jiménez. En esa casa daba gusto estar: la madre, el padre, el abuelo..., una maravilla; y por las tardes podía irse, quedaba libre cuando recogía la cocina y limpiaba de rodillas los suelos dejándolos impolutos. Con esas, alquilaron un piso próximo en el barrio Lucero; Isidoro llamó ipso facto a Villanueva de la Serena para reclamar a su hija Solita, avanzando en la reunificación de su familia y acabando de sopetón con la elevada vida monárquica que la hija llevaba con sus tíos, poniéndole de nuevo los pies en el suelo de la Tierra, en Madrid.
 La segunda oportunidad llegó de los bajos de ese piso, donde había un bar regentado por una joven y su madre, cuyo marido trabajaba de conserje en el hotel Aragón. Un día le dijo a María que hacía falta una pinche de cocina, que si quería irse. Y así, se adaptó pronto a las tareas del puesto vacante, empezando por fregar platos y progresando sucesivamente en la cocina, gracias a su aguda percepción y adaptación a cualquier tarea que se le encomendara.

 María era más alta que Manolo, bastante. De ondulado pelo negro, ojos expresivos, labios carnosos en un rostro alargado y timbre modulado y profundo de voz. Sus manos eran icono de laboreo meticuloso y delicado, de dedos largos y marcados músculos rematados por hermosas uñas pulcramente recortadas. Mujer templada, sagaz e intuitiva, de porte casi siempre sereno.
 No estaba bien vista por su familia la relación con Manolo, las diferencias eran notables, no solo de la talla, sino de orden intelectual y capacidad de raciocinio. Le pesaba además la proyección a futuro que en su casa soñaban para ella.
 Manolo firmaba con la huella de su dedo índice derecho impregnado de tinta en una almohadilla, era analfabeto; únicamente contaba con su gracia y salero, y la fuerza —de voluntad y física— que le había valido el mote en el tejar que, arrasado por las aguas del río, había dejado de ser su sustento. En el camión de un amigo obrero llegó a la ciudad a probar suerte; como fuera, empezó a trabajar en las obras de finalización de la torre de maternidad de la ciudad sanitaria La Paz, hospedándose al principio en una pensión.
 A escondidas se veían y sus planes trazarían, porque la perseverancia de la pareja y la atracción mutua que se profesaban hicieron posible su matrimonio a los cuatro meses de compartir de nuevo su mundo más cercano. Los recién casados alquilaron una habitación próxima con derecho a cocina en el barrio. María consiguió hacer desaparecer las suspicacias familiares y que pronto aceptaran para siempre en su seno familiar, mayormente femenino, a aquel hombre rudo; pero atractivo, capaz y generoso. Aun siendo algo menudo, presentaba unas proporciones muy equilibradas. Ella veía su negro pelo lorquiano peinado a raya hacia atrás, sus chispeantes ojos de chocolate —de alegre y franca mirada—, su deseable boca, su velludo y bien formado torso en estrecha cintura sustentado. Esas manos de figuras prominentes y eficiente agarre, el andar chulesco y resuelto de sus piernas, el gesto de humilde suficiencia en el estar, ¡y la labia que se gastaba! Imposible que María Moreno no sucumbiera a Manolo Beltrán.

 Recién cumplidos los dos años de la riada, volvieron Cayetano y Dolores a Madrid. Dolores viajaba sola en tren con su hijo, pues las opciones de hospedaje se limitaban a la casa de Isidoro y Soledad, donde vivían también muy apretados Carmeli, Solita, Charo e Isidori. Habitaban ocasionalmente ese piso de tres dormitorios algunos huéspedes en tránsito, que ocupaban la habitación de mayor tamaño. Los emigrantes se iban instalando en baratos y pequeños pisos de protección oficial que el movimiento construía —cuando no en chabolas de los arrabales— con habitaciones muy aprovechadas, en camas de a dos o tres, pero espíritus inclinados por la necesidad hacia la acogida de paisanos.
 Allí Cayetanito era un juguete para las mujeres, lo mismo taconeaba al son de las palmas de Isidoro y los cantares de Carmeli que jugaba a deshacer moños y trenzas o a abrir y cerrar en la cama los corchetes del sostén de la abuela Soledad. No resultaba extraño verle con el paquete de gasas: aunque muchos niños de su edad ya no las usaban, había otros que sí. El asunto pasaba por tanto desapercibido todavía.
 Cayó en su cuerpecito el primer pijama del hospital San Carlos, pues fue ingresado unos días para ser examinado en mayor profundidad, determinar el alcance de su rara anomalía y estudiar las posibles vías de abordaje para una futura reconstrucción.
 Según el testimonio de Soledad, que en esos trances les acompañaba, el niño corría por los pasillos persiguiendo monjas, entrando y saliendo en los controles de las enfermeras y en cuanto recoveco alcanzaba; arrastrando los bajos del pijama y luchando con el largo de sus mangas. Era un niño entremetido, alegre y feliz, ajeno por completo a lo accidentado de su realidad física. También contaba con gracia Soledad que una tarde de domingo se quedó a su cuidado, los hombres se habían ido a los toros y las mujeres, al cine. Al vestirle y calzarle, sin darse cuenta la mujer porque ya no veía bien debido a una progresiva e incurable enfermedad, le puso los zapatos mudados con las puntas hacia afuera. Bajaron a la calle, al bar, donde también vendían golosinas, y el angelito no paraba de decir a media lengua:
—Soedáaa…, no podo andáaa… Soedáaa…, ¡que no podo andáaa…!
 Pobre mujer, que en apenas unos meses, víctima posiblemente de severo glaucoma, ya no podía ver. Al principio solo distinguía las formas y las sombras; finalmente, la nada.

 De nuevo, el camino de regreso a Puente Genil. Más de doce exasperantes horas de viaje por la línea Madrid-Málaga, en el expreso correo, que cada pocas estaciones debía ceder paso a trenes rápidos, con paradas en todos y cada uno de los apeaderos del recorrido, decenas de pausas, detenciones inexplicables. Algunas eran anormalmente largas. En Aranjuez y Córdoba, o en Linares-Baeza, daba tiempo a bajar a los andenes, comprar un bocadillo y hacer amigos. Igualmente en las estaciones de Santa Cruz de Mudela (Ciudad Real) o Vilches (Jaén) —a ambos lados del paso de Despeñaperros, desfiladero obligado del grueso de la flota ferroviaria de Andalucía al centro de la península y viceversa—, Espeluy, Andújar, Montoro, etcétera. Muchas de las paradas, en mitad del campo.
 De sobra había tiempo de reflexionar y repasar la situación que se les había planteado en esta visita: la cirugía infantil había avanzado, pero no lo suficiente para intervenir a un niño de dos años durante el tiempo requerido. No había anestesia segura ni suficientes tejidos formados para llevar a un término confiable la transformación necesaria para la vida sin riesgos elevados. Había razones para el optimismo: los cuidados que Dolores le había prestado con esmero al niño habían sido ejemplares, ni una infección había sufrido. Por esa parte, viajaba satisfecha y tranquila.

 Volvieron a la calle Fuensanta a primeros de marzo, dejando las bases sentadas en la castellana, mesetaria y fría capital de España. Bases para regresos, idas y venidas que, con mayor o menor frecuencia, condicionarían y modelarían prácticamente la totalidad del desarrollo físico y psicológico del hombrecito extrófico.
 Y no solamente debido al accidentado hecho vesical, otras razones profundas alimentarían su particular querencia.

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